“Para un artista, la obra es él mismo”.

Nunca se está tan solo ni se es tan poderoso como cuando se escribe. Hay dos formas básicas de actuar. La primera es utilizar la razón para construir una lógica funcional. El escritor dirige las vidas y destinos de sus criaturas, así como construye y destruye el paisaje, pero nada más. La otra, implica comprometerse con lo que se escribe, sacarlo desde un lugar más profundo que la razón. Si lo comparamos con un actor, diríamos que no se conforma con representar a un personaje sino que lo incorpora. En cualquier caso, siempre es imprescindible dominar técnicas. Los que juegan, representan, construyen únicamente con la razón, esos son escritores; los otros, además de escritores, son artistas. Los escritores avezados pueden escribir con la regularidad y facilidad con que lo hace un periodista. Los artistas —en tanto se comporten como tales— deben sentir la necesidad de escribir. El escritor trabaja, el artista muere y renace. El escritor se concentra en la obra, el artista en sí mismo. Dicho de otro modo, para el escritor la obra puede ser una novela, un cuento, etc.; para un artista, en cambio, la obra es él mismo.

(artículo de Pablo Dobrinin para el número #230 de Axxón; el resto del artículo, aquí)

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